21 oct. 2013

1ヶ月 - Un mes

Hace cuatro días que se cumplió un mes desde mi llegada a Tokyo. Vaya, quién lo diría. En ocasiones me da la sensación de que llevo aquí toda la vida, y otras veces veo que apenas seis meses es muy, muy poco tiempo. 

Cada mañana salgo de casa, maleta cargada de libros al hombro, con los cascos puestos y escuchando música, dispuesto a caminar toda Reina Mercedes abajo para coger el 2 y que me deje en el Tamarguillo (corriendo con el tiempo justo para no llegar muy tarde a Ciudad Jardín)... y cuando me esquiva la primera bicicleta, normalmente una madre japonesa llevando a su niño al colegio, vuelvo a la realidad. Estoy a poco más de 11000 kilómetros de Sevilla, literalmente en la otra punta del mundo, siguiendo una rutina radicalmente diferente. En vez de estar en un autobús con vecinos de Bami y la Oliva, me encuentro embutido entre cientos de cuerpos trajeados y maletines en la línea Chuo de tren de la empresa JR. Aunque claro, sustituir el cutrecampus de Ciudad Jardín por una universidad que se encuentra en pleno centro de una de las mayores ciudades del mundo, eso es impagable.

Pero bueno, hoy no voy a hablar de mi vida diaria, ni de la rutina de un universitario extranjero en el país nipón. En la entrada que escribí hace ya casi un mes, recién llegado, comencé la crónica de los primeros días y todos los problemas/anécdotas que me fui encontrando por el camino. Pido perdón por haber tardado tantísimo en actualizar, pero el ritmo de vida de este primer mes ha sido realmente frenético, y los pocos momentos de descanso que he tenido los he dedicado a gastar el futón.

En la entrada anterior me quedé en la parte en que Hiroko, mi segunda madre japonesa, me obligaba a salir del nido volando cual pajarillo (o pajarraco, según se mire). Y para acostumbrar a un recién llegado a Tokyo a moverse por su fantáshtico sistema de trenes, nada mejor que soltarlo en la estación de Shinagawa. No sé si lo he comentado antes, pero la estación es ENORME. MUY MUY ENORME. Confieso que me asusté un poquillo al principio, pero me aferré al papel que llevaba con las indicaciones para no perderme, y me lancé en la búsqueda del andén. Cogí la línea Yamanote (Dios bendiga al que inventó la Yamanote, es de los trenes más útiles que puede haber en esta ciudad) hasta la estación de Shinjuku. Otra que es chica, qué menos. La estación de tren más transitada de todo Japón según me comentaron, y se dice pronto. Desde allí, cogí la línea Chuo-Sobu hasta Nishiogikubo, donde me esperaba Nana, de la inmobiliaria Aquahome.

Bendita Nana, qué grande es. Recién llegado a Nishiogikubo (salida norte), esperando con cara de perdido y viendo cómo todo el mundo me miraba extrañado, de repente veo que se me acerca una muchacha diciéndome en perfecto español: "Tío, tú eres Pablo, ¿no?" Os podréis imaginar lo que fue encontrar, así de sopetón, un cachito de España tan lejos de casa. Una sensación muy rara, y a la vez muy familiar.

Nos fuimos en taxi al piso, mientras íbamos charlando alegremente. En cuanto abrió la puerta yo ya sabía que lo alquilaría, pues me encantó desde el momento en que me envió las fotos por e-mail. Nos tiramos en el suelo del "salón", y me explicó todos los papeles concernientes al contrato, los pagos, la seguridad, las facturas, los permisos... yo que nunca me he metido en follones de alquileres, la prueba de fuego me tocó hacerla en el extranjero, con todos los documentos en un idioma totalmente indescifrable. Menos mal que Nana me tradujo todo lo indispensable, no me quiero ni imaginar lo que podría haber sido intentar alquilar un un piso sin su ayuda.

En cuanto terminamos el papeleo, nos fuimos hacia una suboficina del Ayuntamiento de Suginami (ciudad dentro de Tokyo donde se encuentra el barrio en el que vivo) en el barrio de Ogikubo. Allí tuvimos que hacer los papeles de mi registro como residente, trámite que se empieza en el aeropuerto cuando te entregan la tarjeta de residencia, y que finaliza en el ayuntamiento en cuanto sellan tu nueva dirección en la tarjetita. Nana tuvo la amabilidad también de hacerme los trámites para el Kokumin-Kenkō-Hoken, el Seguro Médico Nacional Japonés (requisito obligatorio para todo estudiante extranjero en Sophia, y creo que en todas las universidades).

Una vez que acabamos con la burocracia, y ya que no daba tiempo a hacer el pago inicial del piso y recibir la llave en el mismo día, quedamos en que dos días después (pues la oficina cerraba al día siguiente) iría a recoger la llave del piso a la oficina de Kichijoji, a sólo una parada de tren de mi piso. Me quedé esa noche y la siguiente en casa de Hiroko, aprovechando para visitar algo de Tokyo con mis otros compañeros españoles, que ya estaban también en Japón.

A la vuelta del encuentro con Nana y de hacer todos los trámites y una vez llegado a casa de Hiroko, me pasó algo que, si bien es realmente una tontería, llegó a emocionarme bastante. Lo que ocurrió fue que mi llegada al piso de Hiroko coincidió con la hora a la que normalmente saca a Gon (el perro de la familia) de paseo, y claro, os podréis imaginar la alegría del pobre animalito cuando vio que un humano abría la puerta de casa. Vino hacia mí con la felicidad del que lleva todo el día encerrado en un piso y se muere por salir y corretear un poco. Después de haberme cruzado en los trenes con miles de personas a las que seguramente jamás volvería a ver, sentí que en esta macrociudad llena de gente tan extraña había un ser que me daba la bienvenida de una manera muy pura. Que en un lugar que a veces puede ser tan frío e impersonal, un perrito me decía: "estás en casa, y me alegro de que hayas llegado". Aunque fuera sólo por algo tan simple e instintivo como que quería que lo sacara de paseo, ese momento me llegó muy hondo.

Una vez llegó el día 19 de septiembre, me dispuse a salir cargadito de maletas a por la aventura de la búsqueda de la llave del piso. Pertrechado con indicaciones y mapas de todo tipo, y tras haber sobrevivido el primer día en los trenes, me sentía capaz de todo. Cuando me despedí de Hiroko antes de que se fuera al trabajo, no me imaginaba todo lo que me quedaba por sufrir ese día.

Cogí la misma ruta que el día 17, ya que sólo tenía que bajarme una estación más allá de Nishiogikubo. Claro, que no es lo mismo trasladarse entre trenes, andenes y estaciones con una maleta en cada mano, y una pesada mochila a la espalda. Hubo muchísima gente que me ayudó (desde policías de estación hasta pasajeros anónimos), destacando el caso de un chaval que cruzó toda la estación de punta a punta conmigo, cargando una de mis maletas y hablando conmigo en inglés, llegando a pagar un billete para poder llevarme hasta la misma puerta del tren que tenía que coger. Y todo eso porque me vio apurado y cargado como un mulo, sin que yo le dijera nada. Vamos, de estas actitudes que te hacen recuperar la fe en la bondad del ser humano.

Cuando llegué por fin a Kichijoji, hacía un calor bastante curioso. Salí cerca de las 9 de la mañana de casa de Hiroko, y llegué sobre las 12 a mi primer destino. 3 horas había tardado en cruzar Tokyo de punta a punta. Y lo que quedaba... pues para cuando conseguí llegar a la oficina de Aquahome, agotado y un poquillo deshidratado, resultó que no era esa la oficina correcta. El problema fue que Nana, que estaba recogiendo a otra compañera mía que llegaba ese mismo día a Tokyo, no podía echarme una mano con los trámites finales, así que me las tuve que apañar solo. Y como soy despistado y huevón por naturaleza, pues entendí mal sus explicaciones, y acabé en la oficina de Aquahome (con quienes había tratado), cuando realmente a donde yo tenía que ir a recoger la llave era a la oficina de Leopalace (la inmobiliaria central). Menos mal que la pobre mujer de Aquahome se apiadó de mí, y se ofreció a acompañarme al lugar correcto. Una vez allí, me explicaron todos los papeles y cómo conectar internet en japonés aderezado con dos o tres palabras en inglés japonizado. Un desastre, vamos. Pero por lo menos lo intentaron, que es lo que cuenta.

Otra vez cargado como un mulo, y tras deshacerme en agradecimientos con la empleada de Aquahome, me dispuse a recorrer la última parte del camino. Desde la vecina estación de Nishiogikubo hasta mi piso, según Google Maps, había como 20 minutos de caminata. No era nada  difícil llegar, a decir verdad. Pero el cansancio, el calor, la falta de agua y la frustración creciente, unido a un vecindario en el que todas las casas parecían absolutamente iguales, me dieron la puntillita. Cuando llevaba 40 minutos caminando, desesperado, le pregunté al la primera persona que me crucé cómo podía llegar a la dirección que tenía. Mi salvador resultó ser un chaval que salía de su casa en ese momento, y que inmediatamente agarró una maleta y me dijo, medio en inglés y medio en japonés: "no sé dónde es, pero lo encontraremos". Al final acabamos dando una vuelta enorme, y ya cuando le preguntamos a un repartidor que pasaba por allí nos dimos cuenta de que mi piso esta al lado de donde yo le había pedido ayuda.

El chaval se fue corriendo, ya que por ayudarme llegaba tarde a su cita. Y yo, sin poder creérmelo aún, y tras meter un rato la cabeza debajo del grifo del fregadero, me tumbé en el suelo del salón, riendo de alivio. Lo divertido fue cuando fui a conectar mi ordenador a internet, que resultó que no funcionaba. "No pasa nada" pensé, "seguro que llamo a Nana y me dice cómo solucionarlo". La cara de tonto que se me quedó al ver que mi teléfono móvil no llamaba a ningún número japonés de mi agenda, fue de cuadro de Edvard Munch. Ahí se me juntó todo por lo que había pasado ese día, todo el agobio, el cansancio y la soledad se unieron para darme un mazazo terrible en el cerebro, y entré (un poquito) en pánico. 
 
INTERNEEEEEEEEEE
Sí, es cierto, lo admito, me emociono y me agobio con auténticas tonterías. Pero en ese momento, yo sólo podía pensar que estaba a 11000 kilómetros de casa, incomunicado, y con miedo de salir a la calle y perderme otra vez. Caí en la cuenta de que ya había llamado antes a teléfonos de mis compañeros españoles aquí en Tokyo, así que llamé a Rocío (mi compañera de viaje) y le di el teléfono de Nana y de Hiroko, por si podía contactar con alguna. Al final consiguió hablar con Hiroko, y esta localizó a Nana, quien me llamó muy preocupada preguntando qué ocurría. Para entonces yo ya estaba más que tranquilo (gracias a haber cantado a todo pulmón toda la discografía de Antílopez), y quedamos en que más adelante pasaría por mi piso, cuando acabara de acomodar a mi compañera que había llegado ese mismo día.

Total, que tenía toda una tarde por delante sin internet. Eso hace maravillas en cuanto a la productividad del hombre moderno, y demostrado queda en que vacié las maletas, ordené todo el piso, y me dio tiempo hasta de ir a comprar el futón (superando así mi miedo a salir solo a la calle). Vamos, todo un éxito. Me sentía mayor y todo. Por la tarde-noche apareció Nana, con un par de cervezas e internet en forma de móvil a modo de disculpa por las molestias. Según sus palabras, "en la central la habían liado parda", y no me habían activado internet para el día que entraba en el piso, sino para el siguiente. Desde su móvil pude avisar por Facebook que estaba vivo y esas cosas, así que nos fuimos tranquilamente a cenar por el barrio, y cuando me desperté al día siguiente... voilà! Ya había internet. Crisis superada.

Y ese, de manera algo resumida, fue mi comienzo en el país del Sol Naciente. Está claro que mudarse a la otra punta del globo no es algo fácil, por muy preparado que creas que puedes estar. Supongo que el hecho de vivir en una residencia puede suavizar un poco las cosas, pero que la primera vez que vivas solo en un piso coincida con la primera estancia larga en el extranjero... bueno, para muestra un botón, ¿no? Aun así, si tuviera que volver a pasar por todo esto, lo haría otra vez sin dudarlo. Incluso cometiendo los mismos errores y despistes, que de todo se aprende.

Después de estos primeros 3 días en Tokyo, vinieron muchos más, millones de experiencias y anécdotas, cada cual más chocante/extraña/divertida que la anterior. Y me froto las manos pensando en las que quedan. A los dos días de instalarme en mi flamante pisito de 20 metros cuadrados, tuvimos la recepción de los alumnos internacionales en la Sophia University, un antro de vicio y perversión una centenaria y respetable institución con una fauna de lo más variada. Eso sí, mayoritariamente femenina. Aunque claro, me parecería un poco abuso continuar hablando de este tema aquí, porque eso ya sí que es otra historia.



-- BONUS TRACK --

Os dejo un reportaje fotográfico de mi pisito en Momoi, Suginami-ku.








































23 sept. 2013

Gracias

Este es mi primera entrada desde Tokyo, y cuando pensaba en cómo podría titularla, siempre me venía a la mente la misma palabra una y otra vez: GRACIAS.

Gracias a mi familia, ya que sin su apoyo y cariño jamás hubiera llegado hasta aquí, y ni siquiera hubiera empezado a estudiar esta carrera que tanto me llena. 

Gracias a mis amigos japoneses por la cálida bienvenida (y a los que aún no he podido ver, cosa que solucionaremos pronto).

Gracias a los amigos españoles que están aquí conmigo, por soportarme en los momentos de bajonas absurdas, y por acompañarme en este sueño hecho realidad. Y gracias a los que desde España me mandan también sus buenos deseos.

Gracias a todas aquellas personas anónimas que me se apiadaron de un pobre extranjero que cruzaba con 2 maletones todo Tokyo en tren, y que me ayudaron de buena gana casi sin tener que pedirlo.

Gracias a Nana, de la inmobiliaria Aquahome, por preocuparse por mí y estar atenta por si faltaba algo en el piso, y por salir a mi rescate cuando estaba incomunicado.

Pero, sobre todo, hay una persona sin la que todavía estaría dando vueltas por el aeropuerto de Narita. Para Hiroko no me llegan las palabras de agradecimiento, no es suficiente para corresponder todo lo que ha hecho por mí en estos días críticos de adaptación. Me acogió en su casa, me enseñó por el método duro a moverme por el sistema de trenes de Tokyo, siempre ha estado atenta con una sonrisa en la boca, disponible las 24 horas del día por si surgía algún problema. A mi "segunda madre japonesa", por todo esto y mucho más, gracias.

Las vistas desde el balcón de Hiroko

Bueno, tras la necesaria sección de agradecimientos, voy a comenzar con la crónica de los que han sido mis primeros días viviendo en la otra punta del mundo.

Salí de Huelva el día 15 por la tarde, rumbo a Madrid en el tren Alvia (que viene a ser casi como un AVE, pero que va hasta Mordor Huelva), y llegué sin mayores contratiempos a Atocha esa misma noche. Desde allí tuve que coger un Cercanías que me llevó hasta la T4 del Aeropuerto de Barajas, donde me recogería un microbús del hostal en el que me iba a hospedar esa noche. Aunque el microbús tardó un poco más de la cuenta en aparecer, a las 11 de la noche ya estaba descansando en mi habitación, donde había una araña que me acechaba desde el techo. Menos mal que no se movió del sitio en todo ese tiempo, y conseguí dormir algo a pesar de los nervios.

A las 7 de la mañana estaba ya en planta, y a las 8 el mismo microbús nos llevó a mí y a otros huéspedes del hostal hasta la T4. En cuanto llegué fui a facturar la maleta al mostrador de British Airways, en el cual había muy poca gente. El peso de la maleta que quería facturar había sido un auténtico quebradero de cabeza los días anteriores del viaje, ya que si el peso superaba los 23 kg, había que pagar 50 euros adicionales (100 en este caso supongo, ya que tenía que coger dos vuelos). Si superaba los 32 kg, ya sólo se podría enviar la maleta como carga pesada, con su correspondiente subida de precio. La primera vez que pesé la maleta en casa vi que llevaba 33 kg encima, así que tuve que quitar libros, diccionarios y parte de la ropa más pesada. Con la chaqueta de cuero dentro de la maleta, ésta pesaba unos 24 kg, y sin ella unos 22. Intenté facturar los 24 kg, pero no coló, así que tuve que tirarme todo el viaje cargando con la chaqueta de marras con tal de no pagar ni un céntimo más (que el billete, aun estando en oferta, había salido por un pico curioso).

Tras facturar me encontré con mi compañera de clase Rocío (que va también a la Universidad de Sophia), a la que venía a despedir su novio al aeropuerto. Desayunamos los tres, y nos dispusimos a embarcar. Aquí empezaron las "mijitas" del viaje. Entre unas cosas y otras embarcamos casi los últimos, y cuando llegamos a nuestros asientos los compartimentos para equipaje de mano que nos correspondían estaban llenos. Como mi maleta no cabía debajo de mi asiento, le pedí ayuda a un azafato, y éste me dijo que abriera todos los compartimentos del avión, que seguro que habría algún hueco para mi maleta. Después de recorrer un pasillo entero inútilmente, abrí uno de los compartimentos superiores con tan mala suerte que se cayó un maleta (que estaba muy mal colocada, no todo fue culpa mía), justo en la cabeza de la mujer que estaba sentada debajo. Colorado como un tomate y deshaciéndome en disculpas, recoloqué la maleta lo mejor que pude y cerré el compartimento. En cuanto quité la mano, éste se volvió a abrir violentamente, y la maleta le cayó de nuevo a la pobre mujer en la cabeza. En ese momento sentí lo que se quiere decir con "tierra, trágame": esa mujer probablemente me odiara, y ya casi esperaba que me invitaran "amablemente" a salir del avión por terrorista y liante. Menos mal que una azafata se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando, y me llevó de la mano a una zona donde pude dejar mi maleta tranquila y sin peligro para la salud de nadie más.

El vuelo Madrid-Londres se me hico bastante corto, pues Rocío y yo nos tiramos charlando todo el viaje. Una vez que llegamos a Heathrow, cogimos las maletas y corriendo nos fuimos a pasar controles y más controles, ya que nuestra escala era sólo de hora y media escasa y teníamos que cruzar toda la terminal. En el control de Madrid el detector de metales pitó cuando pasé (aunque no llevaba nada de metal encima), y en Londres volvió a pitar. Esta vez no llevaba barba de talibán, pero aun así me tuve que comer 2 registros concienzudos. Una gracia, sobre todo cuando hay que ir a contrarreloj para no perder un vuelo intercontinental.

Al final llegamos sin problemas, aunque ajustadillos de tiempo, y embarcamos con una sonrisa de alivio en el rostro. Esta vez el avión tardó en despegar casi una hora más de lo previsto, debido a que faltaban dos pasajeros que tenían que embarcar, pues habían sufrido un retraso en su vuelo de conexión. Pero al final acabaron llegando, y comenzó la parte más dura del viaje. Hay que decir que British Airways pone a disposición de sus clientes muchas formas de entretenimiento para el tedioso vuelo: películas, series de televisión, música, noticias, videojuegos en solitario o contra otros pasajeros... todo gracias a las pantallitas que tienen cada asiento en su respaldo. Aun así, ni siquiera todo eso basta para entretenerte durante unas 14 horas. Mucha gente me dice "pues duerme todo el viaje", pero eso tampoco es fácil. Esos asientos no son precisamente colchones de plumas, y el aire acondicionado del avión tampoco ayuda demasiado. Para colmo, en el asiento que había entre nosotros y el pasillo (Rocío iba en ventanilla, y yo a su lado), estaba sentada una señora japonesa que se tiró durmiendo prácticamente todo el vuelo. Bebíamos agua a buches muy cortos para no deshidratarnos, y aprovechábamos los momentos de lass comidas para ir al baño. Pero el vuelo también tuvo algo positivo: la comida no estaba nada mal, para ser comida de avión.

Os prometo que allí, al fondo, se veía el Monte Fuji

Tras picarme al Hundir la Flota y al Trivial con Rocío, intentar ver un capítulo de Doctor Who en inglés, y ver Monstruos University en latino y el Hobbit en inglés subtitulado dos veces, me di cuenta de que no podría dormir durante todo el viaje. Y así fue, aunque a la larga me vino bien no dormir durante unas 32 horas para evitar el jet lag.

Llegamos a Tokyo más o menos a la hora prevista. Cuando estábamos sobrevolando el archipiélago japonés ya estaba bastante nervioso, y le daba la murga a la pobre Rocío señalando cada cosa que veíamos desde el avión. Una vez que desembarcamos, cogimos las maletas y con un cansancio extremo nos dirigimos hacia Inmigración. Había en el aeropuerto un silencio sepulcral, que junto a los carteles de "cuarentena" le daba un toque algo siniestro a la situación. En el mostrador presentamos los formularios rellenos que nos habían proporcionado en el avión, y nos dieron la tarjeta de residente en el acto. Comparando con otros aeropuertos, el proceso fue sorprendentemente rápido y eficiente. Aun así, cuando llegamos a la puerta de salida, Hiroko ya llevaba esperando un buen rato.

El reencuentro fue maravilloso. Nos habíamos visto por Skype recientemente, así que no tuvimos problemas en reconocernos. Después de contarle brevemente cómo había ido el viaje, y de cambiar los euros que llevábamos a yenes, Hiroko acompañó a Rocío a coger el tren hasta su residencia, y le explicó cómo llegar. Tras separarnos, Hiroko y yo cogimos autobús express hasta el Aeropuerto de Haneda, ya que el Aeropuerto de Narita (en el que yo aterricé), realmente está bastante lejos de la ciudad de Tokyo.

Durante ese viaje en autobús (yo iba dando botes de alegría por dentro) tuve un momento en el que fui realmente consciente de que estaba en Japón. Fue cuando, al mirar al campo que se veía por la ventanilla, observé que lo que había más allá de la carretera era un bosque. Un bosque enorme, interminable, increíblemente verde y frondoso. Un paisaje radicalmente diferente del que estoy acostumbrado en mi Andalucía natal. No fueron los carteles en japonés, ni las constantes reverencias de todo el mundo, ni el que el señor que iba a mi lado se quedara dormido en mi hombro. El admirar la naturaleza fue lo que me hizo darme cuenta de que estaba en un lugar increíblemente lejos de casa.

Una vez en Haneda, cogimos el tren hasta casa de Hiroko, en Ota-ku (uno de los 23 Barrios Especiales que conforman el núcleo de la ciudad de Tokyo, y donde se encuentra el Aeropuerto de Haneda). Cuando íbamos a salir de la estación, ocurrió algo que, siendo una tontería, me pareció bastante curioso. En el ascensor para bajar del andén no cabíamos todos con las maletas, así que bajó primero Hiroko, y después lo hice yo. Conmigo en el ascensor se montó una mujer con su hijo pequeño, un bebé de poco menos de un añito. El chiquillo me miró abriendo muchísimo los ojos, supongo que sorprendido por ver a alguien que no tuviera los ojos rasgados y el pelo negro. Yo me puse a hacerle muecas y a decirle "konnichiwaaaaa", algo así como "holaaaaa" en japonés. La madre hizo lo mismo con el pequeño, agitándole la mano como si me saludara. La cosa es que, cuando nos bajamos del ascensor, la mujer me hizo una reverencia, ¡y me dio las gracias por haber entretenido a su hijo! Sé que no es nada realmente remarcable, pero me parece que refleja la que muchos llaman "mentalidad japonesa".

El barrio de Hiroko es muy familiar, casi como un pueblecito dentro de la macrociudad de Tokyo. La estación más cercana es muy pequeña, y sólo llega a ella un tren de una compañía privada (el transporte ferroviario de Tokyo no es público, sino que se lo disputan varias empresas privadas con sus propios trenes, vías e incluso estaciones). A un lado de la estación había una calle estrecha llena de tiendas y locales pintorescos, dando la sensación de estar de repente en el Japón de los años 60-70. Al otro lado se encontraba el barrio residencial, hacia donde nos dirigimos. Una vez en su casa, y tras saludar a Asami (la hija de Hiroko) y a Gon (el perro, la cosica más bonica del mundo entero), me di una ducha y nos fuimos a comer corriendo, ya que a las 3 había quedado con Nana (de la inmobiliaria Aquahome), para ver el piso y hacer los trámites del contrato.

Comimos en un restaurante de soba y udon (tipos de fideos) muy pequeñito y muy típico japonés. Tras eso, Hiroko me explicó qué trenes tendría que coger para llegar hasta donde había quedado con Nana, ya que tenía que volver al trabajo y no podría acompañarme. Me dio una llave de casa, un papel con indicaciones por si me perdía, una tarjeta de metro (como un bonobús), una tarjeta de teléfono por si tenía que llamar desde una cabina, dinero para emergencias, una palmadita en la espalda y un "¡Suerte!". 

Y así, recién llegado al mayor área metropolitana del mundo, tras un viaje de casi 18 horas, y más perdido que el barco del arroz, me soltó en la estación de Shinagawa (que no es precisamente de las pequeñitas). Quería que aprendiera a moverme por el entramado de trenes y metros de Tokyo. Y vaya si aprendí. Pero esta entrada ya se está alargando demasiado, así que la continuación de esto ya será otra historia.

¡Adelanto de la próxima entrada! Recién llegado de comprar el futón

16 sept. 2013

Camino a casa

En el momento en que estoy escribiendo esta entrada, faltan apenas 20 minutos para que el microbús del hostal me lleve a Barajas.

Anoche llegué a Madrid, cargando con dos maletas y una mochila que pesan un quintal y medio, y casi con la lengua fuera. Como "amablemente" me recuerda siempre mi madre, tengo un don para no saber organizar mi tiempo. Mi abuela añade que siete cosas se sacan del padrino, así que supongo que la culpa será de mi tío Rafi.

Bueno, que me voy por las ramas. En breve esta aventura va a empezar, y durante las próximas... ¿18 horas? No tengo muy claro cuánto durará esto, pero espero poder dormirme en el avión. Al menos un poquito. Que cuando llegue a Tokyo, ciudad que dejé hace ya 16 años, me espera una de las jornadas más difíciles de todo estudiante internacional. Y también una de las más bonitas.

Pero, eso sí, ya será otra historia que escribiré (si Dios quiere) desde mi pisito de Suginami-ku. ¡Hasta luego!

Ámonoh par calle cabesa

27 ago. 2013

Empapelado

Cómo se nota el verano. Sin nada (nuevo) interesante que contar, y con cero ganas de hacer algo productivo... vamos, que Huelva en agosto es un limbo eterno de paz y descanso. 

Me tiré unos días pensando en qué contar en esta entrada. Una vez decidido el contenido, había que pensar en cómo plasmarlo. El último paso, superar la pereza y ponerme a escribir, me ha costado un par de semanas. Pero bueno, lo conseguí y ya estoy aquí otra vez. 

En la entrada anterior narré la serie de catastróficas desdichas por las que pasamos mis compañeros y yo para obtener la beca. Si hay algo que no soporto de cualquier tipo de proceso académico y oficial, es el papeleo enrevesado y complicado. En estos meses he tenido que reunir documentación de todo tipo y color, en varios idiomas, y encima para varias instituciones diferentes. En el mejor caso esto puede ser un auténtico coñazo, y en el peor de ellos puedes llegar a tener pesadillas con que Relaciones Internacionales no entregará los papeles a tiempo, o con que tus e-mails nunca llegarán a su destino.

Por eso, hoy voy a detallar toda la documentación que he tenido que presentar durante el proceso completo, desde que eché la solicitud de la beca en diciembre hasta la semana pasada. Si por casualidad me lee algún compañero de GEAO en la US que quiera ir a Sophia en un futuro, por lo menos estará sobre aviso. En esto la primera promoción, como en muchas otras cosas, no tuvimos esa suerte. Para que esté más claro todo, lo dividiré en diferentes apartados según las diferentes instituciones.


1. Oficina de Relaciones Internacionales (parte 1)

El 22 de noviembre de 2012 salió la convocatoria de las Becas de Movilidad de la Universidad de Sevilla para las Universidades de Asia Oriental. La documentación inicial a entregar (con plazo hasta el 10 de diciembre) era la siguiente:
  1. Solicitud telemática. La presentación de la solicitud de la beca se hizo mediante una aplicación informática en la web de RRII, en la que se podían seleccionar como máximo 2 universidades de destino. Luego, usando una puntuación baremada según la media del expediente académico, se asignarían las plazas en orden, usando la primera o la segunda opción (en caso de que no quedaran plazas libres en la primera universidad seleccionada). Esto era así en teoría, ya que en la práctica este proceso varió, ya que casi nadie tenía la acreditación de idioma.
  2. Acreditación de idioma. No existe beca de movilidad al extranjero sin requisitos de conocimiento de otro idioma que no sea el español (a no ser que hablemos de casos excepcionales, o universidades sudamericanas). Para la Universidad de Sophia se ponía como requisito dos cosas: acreditar un nivel B1 de inglés, y tener un nivel básico indeterminado de japonés (el cual se podía obtener habiendo cursado algo de japonés del Instituto de Idiomas, o en GEAO, o bien de cualquier otra manera demostrable). Esta acreditación había que adjuntarla con la aplicación de la solicitud, pero como sólo 6 personas la presentaron dentro del plazo (quedando en torno a 30 plazas libres entre China y Japón), excepcionalmente salió un listado de solicitantes a la espera de acreditación de idioma. Así que al final se asignaban las plazas en cuanto llegábamos con la acreditación de inglés en la mano. En mi caso, presenté el diploma del PET de Cambridge.
Las listas provisionales salieron el 17 de diciembre de 2012, mientras que las listas definitivas con todas las plazas cubiertas fueron publicadas el 18 de enero de 2013.
 

2. Universidad de Sophia (parte 1) 

El 21 de enero de 2013 RRII nos hizo llegar a los candidatos de Sophia la información sobre la documentación que teníamos que entregar para nuestra selección por parte de la universidad japonesa. Hay que tener en cuenta que, si bien la US ya nos había elegido como titulares de la beca, la decisión última sobre la aceptación corría a cuenta de la universidad de destino. Antes del 31 de marzo de 2013, RRII le tenía que hacer llegar a Sophia los siguientes documentos (todos originales, y traducidos a inglés y/o japonés):
  1. Formulario de solicitud. Típico formulario con los datos personales y académicos del alumno.
  2. 4 fotos de carnet. También bastante común. Aquí las pedían de unas dimensiones específicas, y anda que no pasé ná recortando las dichosas fotitos.
  3. Expediente académico. Esto ya empezó a ser gracioso. Por la expedición de este papelito oficial, la US cobra (si no me falla la memoria) en torno a 15 euros. Conseguir que nos lo tradujeran al inglés también fue un show, porque ni la Secretaría del Grado lo hacía, ni en RRII estaban por la labor. Menos mal que uno de los empleados de RRII (sin duda el más amable de todos, siempre dispuesto a ayudar y a echarnos una mano) nos dio el chivatazo de que había un traductor de la US en nuestro centro, que nos haría el trámite sin cobrarnos un duro. Ya que una traducción oficial, por lo visto, cuesta un dinero.
    Sobre el expediente académico, es importante resaltar que Sophia pide una "Grade Point Average of B (3.0) or better in the standard 4-level rating system (A, B, C, D)", lo cual todavía no estamos 100% seguros de lo que implica, pero suponemos que traducido a nuestro sistema de calificaciones, significa que piden una media de notable para ser aceptado.
  4. 2 cartas de recomendación. Entre los documentos y formularios enviados por Sophia, hay un modelo de carta de recomendación; y hay que buscar a dos profesores del Grado que, habiendo dado clase al alumno, estén dispuestos a escribir sendas cartas de recomendación. Normalmente no suelen poner pegas (siempre que se pida con educación), pero conviene hacer este trámite con tiempo, por si acaso. A nosotros nos pasó que una profesora tuvo que decirle a varios compañeros que no tenía tiempo material para escribir más cartas de recomendación.
  5. Ensayo de propósito académico. Un ensayo de 500 palabras en inglés explicando tus motivos para querer estudiar en Sophia.
  6. Fotocopia del pasaporte. Lógico y normal, sin comentarios.
  7. Formulario de solicitud de alojamiento. Si un alumno quiere que Sophia le busque alojamiento en las residencias de las que dispone la Universidad, debe señalarlo en este formulario. Si, por el contrario, el alumno prefiere buscarse el alojamiento por su cuenta, también debe ponerlo. En mi caso, preferí buscar un piso de alquiler, ya que ninguna de las residencias me convencía demasiado para los 6 meses que voy a pasar en Tokyo.
  8. Certificado de salud. Papelito similar al de un reconocimiento médico, pero añadiéndole cosas absurdas y dispares como pruebas para el VIH y radiografías pulmonares. Con esto, un médico declara que el alumno está en condiciones de salud de realizar un curso académico en el extranjero.
  9. Prueba de aptitud de inglés. Este fue uno de los mayores problemas que ya conté en la anterior entrada. Los mínimos que pide Sophia son puntuaciones de 79 en TOEFL iBT, 213 en TOEFL cBT, 550 en TOEFL pBT, 6.0 en IELTS, y 730 en TOEIC. Cuando vi que entre estos requisitos no estaban recogidos certificados de Cambridge como el First (equivalente a un B2), le envié un correo a Sophia preguntando por esto. Su respuesta fue que para los certificados de Cambridge sólo podían aceptar el Advanced (C1) y el Proficiency (C2).
  10. Solicitud del Certificado de Elegibilidad. El Certificado de Elegibilidad es un documento vital, ya que sin él no hay visado de estudiante. Para solicitarlo, Sophia nos facilitó un archivo de Excel en el que había que rellenar con todo tipo de datos personales, académicos, legales y financieros (como cuánto dinero pretende llevar el alumno a Japón, o cómo piensa financiarse los estudios).
En Sophia necesitarán uno de esos 2 edificios sólo para guardar papeles, digo yo.
Casi ná. Una vez que todo fue enviado el 25 de marzo de 2013 (a tiempo, pero por los pelos), y fue recibido y comprobado por Sophia, nos llegó la notificación de aceptación por parte de Sophia. Esto nos llegó por e-mail a través de RRII el 14 de junio de 2013, casi 3 meses después de haber presentado la documentación.


3. Oficina de Relaciones Internacionales (parte 2)

La información sobre esta segunda tanda de documentos a entregar en RRII nos fue llegando de manera dispersa y algo caótica, entre febrero y julio de 2013. Son los siguientes:
  1. Acuerdo de estudios. Este documento es fundamental, ya que en él están detalladas las asignaturas que se cursarán en la universidad de destino, y el equivalente en la titulación del alumno. Sin este acuerdo no hay reconocimiento de créditos ni convalidaciones que valgan. Por otro lado, este documento garantiza que el acuerdo se respetará, y que después el responsable del Centro no negará reconocimiento de créditos ni convalidaciones al alumno. Por eso, el acuerdo de estudios deben firmarlo un responsable del Centro en el que estudia el alumno (en mi caso, el Coordinador del Grado), el propio alumno y un representante de la universidad de destino.
    Al ser este curso el primero en el que se ofertaban estas becas, tampoco había acuerdos de estudios previos en los que mis compañeros y yo pudiéramos basarnos. Tuvimos que averiguar por nuestra cuenta qué asignaturas se podían cursar en nuestras respectivas universidades de destino, y negociar (con mayor o menor dureza) con el Coordinador del Grado qué asignaturas se nos reconocerían, y por cuáles.
  2. Solicitud de abono de la beca. Viene bien entregar este papel si algún día quieres ver los 2500 euros de la beca. Hay que rellenar algunos datos bancarios y sobre el vuelo, poco más.
  3. Carta de aceptación. En cuanto se recibe, hay que remitir a RRII la carta oficial de admisión por parte de la universidad de destino. Recibí la mía de Sophia el 1 de agosto de 2013.
  4. Resguardo del vuelo. O, en su defecto, fotocopia del billete de avión.
  5. Declaración jurada de incompatibilidad de becas. Un documento absurdo del que no sabíamos nada, y del cual nos informaron a última hora, el 2 de julio de 2013. Consiste en jurar por escrito que no se recibe ninguna beca que pueda ser incompatible con la recibida por la US.
  6. Certificado de estancia. Este último se entrega tras haber vuelto de la estancia en la universidad de destino, y ha de estar firmado por un representante de la misma. Certifica que el alumno ha cumplido con su compromiso académico.
Cuando se ha entregado todo esto (excepto el documento 6), se inician los trámites para abonar la beca al alumno. Yo aún no he recibido confirmación de la entrega, ya que la mitad de los documentos pude tenerlos por fin en agosto, durante las vacaciones.


4. Universidad de Sophia (parte 2)

Una vez recibido el Paquete de Aceptación de Sophia (en el que vienen, entre otras cosas, la carta de aceptación y Certificado de Elegibilidad), aún había que enviarles un par de documentos más:
  1. Información de llegada. Aquí el alumno ha de indicar los datos del vuelo, si necesita que le recojan en el aeropuerto (sólo en caso de que se llegue a Narita en la fecha indicada), y una dirección de residencia en Japón (si no se tiene aún la dirección definitiva, al menos hay que escribir una dirección provisional).
  2. Información sobre el seguro. Aunque el Seguro de Salud Nacional Japonés es obligatorio para todos los alumnos internacionales, en Sophia también recomiendan contratar un seguro privado de viaje o de estudios en el extranjero. En caso de contratarlo, hay que enviarles la información sobre dicho seguro. En mi caso he decidido arriesgarme, y no he contratado ningún seguro adicional. Ya os contaré si resultó ser buena idea.

La Embajada del Japón en Madrid. Tiene hasta un jardincito zen en el patio exterior.

5. Embajada del Japón en España

Finiquitados ya todos los trámites con las universidades, sólo queda el último y más importante, sin el cual no es posible para un ciudadano español permanecer en Japón más de 3 meses: el visado. Existen muchos tipos de visado, pero en mi caso el necesario es el visado de estudiante, que es expedido por la Embajada si dicho estudiante es avalado por una institución educativa japonesa. Este aval se puede ver reflejado en el Certificado de Elegibilidad.
Llamé por teléfono para preguntar qué documentación debía entregar, y me dijeron que para acelerar el proceso enviara por e-mail un escaneo del pasaporte, del Certificado de Elegibilidad y de la carta de admisión de Sophia. Me asignaron un día para ir a Madrid a entregar el resto de documentos y recoger el visado el mismo día. Lo que debía llevar conmigo era lo siguiente:
  1. Impreso de solicitud. Formulario típico con datos personales. También había que concretar una dirección de estancia en Japón.
  2. Pasaporte. En vigor, y con al menos dos hojas libres.
  3. 2 fotos de carnet. Al final sólo utilizaron una, y me devolvieron la sobrante.
  4. Certificado de Elegibilidad. Un cartón con estampados de colorines preciosos.
Me advirtieron que llegara antes de las 11:00, ya que así podría recoger mi pasaporte con el visado el mismo día. Cuando me lo devolvieron, tenía en una hoja el Certificado de Elegibilidad perfectamente doblado y grapado, y en otra hoja la pegatina con el visado, que me permite permanecer durante 1 año en Japón. Ahora, para que no me caduque el Certificado de Elegibilidad y el visado siga siendo válido, debo entrar en el país antes de que pasen 3 meses tras la fecha de expedición del Certificado. Vamos, que tengo que estar en Japón antes del 28 de septiembre de 2013. Menos mal que llego el 17.
 
 
Esta ha sido, por ahora toda la documentación que he tenido que entregar. Creo que no me dejo nada, así sabréis que no exagero cuando digo que enfrentarse a la burocracia japonesa y a la española juntas es un infierno.

Al principio de la entrada decía que el verano en Huelva es un limbo interminable, y es cierto que tengo la sensación de que el tiempo está pasando muy lento. Pero no, eterno del todo no es. Porque en 3 semanas estaré poniendo rumbo a Tokyo, y la tranquilidad va dejando paso poco a poco a los nervios, los preparativos y las despedidas. Esto, claro está, ya sí que será otra historia.


19 jul. 2013

El cuento de nunca acabar

Vuelvo tras casi un mes desde la última entrada. Cosas de los exámenes, lo dejan a uno agotado y sin ganas de hacer absolutamente nada. Y si al cansancio post-exámenes se le une el calor sevillano, ahí tenemos la mezcla perfecta.

Bueno, a lo que iba. En la anterior entrada me presenté y os conté mi vida hasta hoy día, y ahora voy a seguir con la historia de cómo hemos conseguido trasladarnos a Japón (durante 6 meses) 14 alumnos del Grado en Estudios de Asia Oriental por la Universidad de Sevilla. O, en otras palabras, del suplicio, sufrimiento, valle de lágrimas y todas las exageraciones horribles que se os ocurran sobre lo mal que lo hemos pasado para llegar a ser titulares de esta beca.

Hay que aclarar que, dada la vocación internacional del Grado en Estudios de Asia Oriental, la inmersión lingüística en el extranjero (en nuestro caso, en China o Japón) es un punto a tener en cuenta en nuestra carrera. Uno de los principales reclamos, que se veía en la publicidad que se le dio al Grado durante su instauración, era la oferta de becas para facilitar que sus alumnos pudieran estudiar semestres en estos países asiáticos. No se conocían la cuantía de las becas ni las condiciones o requisitos, pero os podéis imaginar expectación que creaban en nuestra clase, desde el primer curso.

Dado que las becas estaban planteadas para poder realizar esos semestres en el extranjero tanto en el tercer como en el cuarto curso, debía salir la información y realizarse la convocatoria durante nuestro segundo año en el Grado, el cual ha sido este curso 2012/2013. Y así fue.

Centro Internacional, nuestro Centro.
¿A que é presioso, miarma?
En diciembre recibimos la noticia de que se abría el plazo de convocatoria de las recién creadas Becas de Movilidad de la Universidad de Sevilla para Universidades de Asia Oriental. Más concretamente, se ofertaban 12 plazas para estancias de 6 meses en China (3 para Beijing Language and Culture University, 5 para Hong Kong Polytechnic University, y 4 para Shanghai International Studies), 3 plazas para Taiwán (Providence University), y 14 plazas para Japón (4 para Kanda University of International Studies, 4 para Rikkyo University, 4 para Sophia University, y 2 para Tokyo University of Foreign Studies). La cuantía no era ninguna maravilla, ya que daban para gastos de transporte y poco más: 1500 € para China y Taiwán, 2500 € para Japón. Eso sí, la matrícula en las universidades de destino estaba totalmente cubierta.

Los problemas empezaron desde el principio. Cuando algunos alumnos preocupados por este tema preguntamos a algunas autoridades de nuestro Centro sobre los requisitos de idiomas para acceder a las becas, se nos dio a entender que no habría requisito alguno además de pertenecer al Grado y haber aprobado las asignaturas de Chino o Japonés. Esa información resultó ser incorrecta, ya que en el texto de la convocatoria se especificaba que era necesario tener una acreditación mínima de B1 en inglés. El B1 es lo mínimo que se exige en cualquier beca de movilidad al extranjero de la Universidad de Sevilla, por lo que nos habían informado mal. Además, la titularidad de la beca estaba supeditada a la admisión de cada alumno por parte de las universidades de destino.

Había muy pocas personas en nuestra clase que tuvieran ese título de B1, por lo que muchos nos quedábamos fuera (era imposible obtener un certificado de idioma en poco menos de un mes que duraba abierta la convocatoria). Como medida especial por ser el primer año de estas becas, y para dar cabida a que se pudieran llenar las plazas, a los que no poseíamos título de idiomas nos pusieron en una lista de pendientes de acreditación del idioma. Como locos, todos los que aspirábamos a obtener la beca nos lanzamos a buscar la manera más rápida y sencilla de acreditar el idioma. Teníamos otro factor de presión adicional: las plazas sobrantes se adjudicarían en orden de presentación de los certificados de idiomas. Aunque el texto de la convocatoria decía algo distinto, determinando que el orden de adjudicación se realizaría según méritos académicos (nota media de expediente y otros factores de baremación), en la Oficina de Relaciones Internacionales (a partir de ahora RRII) aseguraban que esto se haría así dado que algunas universidades tenían un plazo de presentación de candidatos muy limitado, y había que ir con prisa y evitar que quedaran plazas libres. Era, literalmente, una carrera por la beca, ya que quienes llegaran antes con el B1 en la mano se la quedaban.

Unos cuantos nos conseguimos inscribir con el tiempo justo para hacer el examen PET de Cambridge (pagando un recargo adicional por haber pasado la fecha de inscripción oficial), cuyo certificado equivale al B1. Ésta fue nuestra elección por ser un examen relativamente sencillo. Los compañeros que no llegaron a tiempo para inscribirse, lo hicieron en el TOEFL (examen americano en el que se determina tu nivel según la calificación obtenida). Tras una semana y media de preparación, hicimos el PET en diciembre, y en enero nos llegó un correo informando de que habíamos aprobado. Por supuesto, fuimos corriendo al Registro General, todavía en una nube y sin creérnoslo del todo, a entregar el papel para que nos adjudicaran la plaza. Con los compañeros que hicieron el TOEFL ocurrió igual, consiguiendo todos la nota que les garantizaba el B1, y pronto vimos que todos los que habíamos pedido la beca para las universidades japonesas (y que habíamos hecho el examen) teníamos plaza adjudicada. La alegría fue inmensa, pero duró poco.

Empezamos los exámenes de febrero, y RRII envió nuestros nombres a las universidades designadas. Algunas, como la Sophia University, empezó a mandarnos a sus futuros alumnos información sobre cómo realizar los trámites para la matrícula. Millones de papeles y formularios, certificado de salud, un ensayo, dos cartas de recomendación... y una nota mínima de 79 sobre 120 en TOEFL. Lo comenté con mis compañeros, y fuimos preocupados a hablar con RRII para ver qué ocurría. Allí nos dijeron que no sabían nada de esos requisitos con anterioridad (aunque estaban colgados en la web de Sophia), que les escribirían para preguntar, y que nos informarían. Pasó una semana, y aprovechando que teníamos que ir al Centro para hacer un examen, nos acercamos a RRII para preguntar si había novedades. Nos dijeron que en ese mismo momento iban a enviar el correo. Una semana después de haberles informado nosotros de posibles problemas con la beca. Como ya no confiábamos en que mandaran el correo a tiempo (ya que el tiempo corría, y teníamos que entregar los papeles antes del 31 de marzo), decidí ponerme en contacto directamente con Sophia y contarles nuestra situación. Me respondieron casi de inmediato, diciendo que lo sentían mucho, pero que los requisitos de idiomas no incluían el certificado que teníamos nosotros.

En mitad de los exámenes de febrero, ese correo venía a decirnos que los 136 € que me había gastado en el PET los había tirado a la basura. Fuimos a RRII a pedir explicaciones sobre cómo era posible que los requisitos de su convocatoria de beca no coincidieran con los requisitos de la universidad de destino. Su respuesta fue que, como la Universidad de Sevilla no es muy exigente con los certificados de idiomas de sus alumnos extranjeros, esperaban que en los acuerdos con otras universidades existiera una reciprocidad en este sentido. Qué le importará a una de las universidades privadas japonesas más importantes la reciprocidad con la US en exigencia de nivel del alumnado. Poco después supimos que Rikkyo pedía 61 sobre 120 en TOEFL, y que TUFS pedía 71. Por lo menos, en Kanda no exigían certificados de inglés, así que nuestros compañeros asignados a esa universidad no tuvieron más problemas en este sentido.

Así que ésta era nuestra situación: o renunciábamos a la beca, o bien nos jugábamos el suspender en los exámenes que nos quedaban de febrero, y nos preparábamos el TOEFL que se hacía dos semanas después (ya que de otra forma no daría tiempo a tener el certificado a tiempo para enviarlo a las universidades japonesas). Optamos por la segunda opción, aunque eso significara dejarse cerca de 300 € en total entre ambos exámenes de inglés.


¡Papeleh, papeleh!
Parte de las instrucciones para entregar
la documentación de Sophia. Anda que
no piden ná esta gente.
En mi caso, haría el TOEFL una semana después de haber hecho el último examen de febrero, Japonés 3. Tendría sólo una semana para preparármelo, y adaptarme a un tipo de examen que nada tenía que ver con el que habíamos hecho, el PET. El viernes hice Japonés 3, seguí estudiando inglés casi sin parar, y el martes cogí un resfriado bastante fuerte. Se unieron el estrés por los exámenes, la presión por la beca y los cambios de temperatura, me pegaron un bajón a las defensas y los virus pensaron que era un buen momento para hacerme enfermar. No pude seguir estudiando para el TOEFL, y cuando el viernes fui a hacerlo aún me duraba la fiebre. Espero que jamás tengáis que hacer un examen de inglés de 4 horas con la fiebre subiéndoos.

Salí del TOEFL convencido de que no conseguiría la nota necesaria. Con los ánimos destrozados, encaré el segundo cuatrimestre del curso mentalizándome de que ya otro año sería, que al final no podría ir a Japón. Cuando unas 3 semanas más tarde recibí la nota del TOEFL, no pude creérmelo: ¡había sacado 93 sobre 120! Superaba de sobra la nota que me pedían en Sophia, así que con alegría e ilusión renovadas empecé con todos los trámites para la matrícula.

Aunque muchos de mis compañeros habían conseguido también la nota necesaria en TOEFL para entrar en sus respectivas universidades, dos de ellos no obtuvieron esa calificación por muy poco. Después de llevar 4 meses peleando juntos para conseguir la beca, el hecho de que dos amigos se quedaran fuera no nos hacía ninguna gracia. Además de que sus plazas ya no podrían ser cubiertas por otras personas, esta situación seguramente no se habría dado si RRII se hubiera informado con anterioridad de los requesitos específicos de cada universidad japonesa. Por eso, fuimos a insistirles para que nos dejaran hacer un par de cambios entre nosotros: dos compañeros que habían obtenido buenas calificaciones en el TOEFL, y que estaban asignados en universidades que exigían menos nota, cambiarían su plaza con los otros dos compañeros que, de otra forma, no serían admitidos en sus respectivas universidades. Aunque al principio en RRII se mostraron un poco reticentes a ello, cedieron en esto dada lo excepcional de la situación, de la cual eran responsables.

Después de esto ya todos los problemas que fueron surgiendo fueron menores, exceptuando que una compañera estuvo a punto de no poder ir por otro error de RRII, el cual terminaron subsanando consiguiendo una plaza adicional para ella en la universidad que le habían asignado en un principio. A otra compañera también le tardó bastante en llegar la confirmación oficial de admisión por parte de su universidad de destino, pero afortunadamente todo se solucionó sin más problemas.

La verdad es que he intentado resumir (y me ha quedado más largo de lo que quería/esperaba) todo aquello por lo que mis compañeros y yo pasamos durantes estos últimos meses. Cuando por fin acabó el curso, estaba totalmente agotado por el desgaste de este tira y afloja constante que ha sido la situación de la beca de movilidad. Me dejo muchos detalles, enfados y absurdeces dignas de película de Almodóvar que es mejor no plasmar en ningún medio escrito, y menos en Internet. Pero bueno, necesitaba desahogarme y contar esta historia completa, una vez que ya ha terminado todo. Espero no haberos aburrido demasiado, os juro que no era mi intención. Y a los que vayáis a pedir la Beca de Movilidad de la Universidad de Sevilla para Universidades de Asia Oriental, os deseo que no tengáis que sufrir lo mismo que nosotros. Recemos para que la novatada que hemos pagado la primera promoción no vuelva a repetirse.

Bueno, ya está, ¿no? Todo ha terminado, y en septiembre estaremos los 14 en Japón viviendo pobres felices y comiendo arróconbacalao perdices, ¿verdad? Pues no. Todavía nos quedan incontables trámites, papeleo infinito que parece que no acaba nunca. Pero eso (no os preocupéis, que ya lo dejo), es otra historia.

21 jun. 2013

Una infancia entre dos mundos

Hace tiempo que quería empezar con este pequeño proyecto. Y no tenía muy claro cómo ni cuándo. Desde que entré en la Universidad de Sevilla (allá por 2009) me entretenía leyendo a famosos bloggers en sus andanzas por Japón, y me imaginaba cómo sería narrar mis aventuras allí, cuando cumpliera mi objetivo de regresar al país del Sol Naciente. Bueno, ha sido un camino muy largo, y aquí estamos.

Pero primero debo presentarme. Me llamo Pablo, y soy estudiante de 2º curso del Grado en Estudios de Asia Oriental (mención de Japón), en la Universidad de Sevilla. En esta primera entrada del blog voy a hacer un "breve" repaso de cómo he llegado hasta aquí, a ser admitido para estudiar los próximos seis meses en la Sophia University (上智大学) de Tokyo.

Con cuatro añitos y tó l'arte onubense.
La afición por este país me viene, como se dice por mi tierra, "de chiquitito". Cuando mi padre fue a estudiar a Tokyo becado por el Gobierno Japonés (la famosa beca Monbusho), yo era prácticamente un recién nacido. Después de hacer su cursillo de adaptación, que duraba seis meses, mi madre y yo fuimos también a Japón. Allí me criaron, fui a la guardería con otros niños japoneses, nació mi hermano... total, una infancia normal y corriente. Hablaba en español con mi familia, y en japonés con el resto del mundo.

Cuando mi padre acabó el doctorado, volvimos a España. Tenía 6 años entonces, y empecé el colegio en Huelva. Entre unas cosas y otras no fue posible seguir con mi aprendizaje del japonés, y perdí el idioma con el tiempo. Al principio las diferencias culturales daban lugar a situaciones graciosas, como cuando oí el primer día de colegio en España la campana que llamaba a los niños del recreo, y corrí a esconderme porque pensaba que era la señal de aviso de un terremoto. Aun así era muy pequeño, y me readapté sin problema a la vida aquí.

Y así crecí, acordándome de cuando vivíamos en la otra punta del globo, viendo álbumes de fotos de esa época, y deseando volver un día al sitio donde me había criado. Entre una cosa y otra acabé tirando por Ciencias en Bachillerato, y como en 2009 el Grado en Estudios de Asia Oriental sólo estaba en universidades más allá de Despeñaperros, empecé Matemáticas en la Universidad de Sevilla. La cosa no fue muy bien.

Dos años más tarde, cuando estaba totalmente desmotivado con la carrera, recibí un correo de la universidad (de estos que se suelen borrar sin abrirlos siquiera). En él leí que al curso siguiente iban a poner el Grado en Estudios de Asia Oriental en la Universidad de Sevilla, aunque para mí ya era tarde. Había malgastado mucho tiempo y dinero. A pesar de esto, mis padres decidieron darme una segunda oportunidad (cosa por la que les estaré siempre agradecido), y me cambié de carrera.

En el 2011 comencé una nueva etapa, en la que mi sueño de volver a Japón iba definiéndose y acercándose cada vez más. Fui realmente consciente de lo que significa ser estudiante universitario, y volví al "buen camino", académicamente hablando. Conocí a gente maravillosa, y junto con varios de estos amigos y compañeros de clase conseguí una beca de movilidad, con plaza para estudiar un semestre en la Sophia University de Tokyo. Para lograr la beca, mis compañeros y yo sudamos sangre, nos pasó de todo en estos últimos siete meses. Pero eso es otra historia.